
Ha sido el quinto libro relacionado con el fútbol que me he leído en los últimos tiempos pero el primero que no tiene absolutamente nada que ver con el Espanyol. De hecho, y por no tener, tampoco tiene nada que ver ni con nuestra liga, ni con nuestra época, pues la historia no es otra que la vida de un seguidor del Arsenal (contada por él mismo) entre 1968 y 1992 y que si ha caído hace relativamente poco en mis manos ha sido gracias a una reedición. Una historia que, pese a que el título del libro pudiese llevar a engaño, no trata de violencia ni hooliganismo, si bien, y cómo no podía ser de otra manera teniendo en cuenta en los años en que está ambientado, si que pasa en algún momento sobre los orígenes de la violencia en el fútbol inglés. Pero no, el título del libro viene determinado por la pasión del autor, Nick Hornby, en pos de las andanzas de su equipo. Y es ahí, en donde uno ve que, ya sea en la liga inglesa o en la española, en los setenta o en los noventa, somos muchos los aficionados que estamos cortados por un mismo patrón. Y si no, baste como ejemplo estos cuatro párrafos elegidos casi al azar (pues podría haber puesto cualquier otro) para demostrarlo. El primero es de cuando comenta la posibilidad de tener un hijo que le salga seguidor de otro equipo, una de las pesadillas de todo buen padre futbolero:
“Cuando considero la posibilidad de ser padre, soy consciente de que me entra un miedo cerval si se me ocurre pensar en este tipo de traición. ¿Qué haría yo si mi hijo o mi hija decidieran, a los 7 u 8 años de edad, que su padre está loco, y que el Tottenham o el West Ham es el equipo de sus amores? ¿Cómo pasaría yo ese trago? ¿Haría lo que ha de hacer un padre decente, es decir, aceptar que mis días en Highbury están contados, y comprar un par de abonos para ir a White Hart Lane o a Upton Park? No, ni de broma. Bastante infantil soy yo cuando hablamos del Arsenal, y difícilmente podría acceder a los caprichos de un niño. Le explicaría por el contrario que, aunque sin duda respetaría cualquier decisión de ese tipo, si tanto desea ir a ver a los suyos tendría que ir por su cuenta, con su dinero, bajo su responsabilidad. A ver si así se entera el mocoso de lo que vale un peine”.
Tampoco tiene desperdicio cuando habla del intento de muchos dirigentes por cambiar la fisonomía de la grada, aunque esto, y pese a que es algo que todavía se puede ver hoy en día, habría que contextualizarlo en la compleja realidad social de la Inglaterra de los setenta y ochenta:
“Los grandes clubs parecen estar hartos de sus hinchas de base. En cierto modo, ¿quién podría echarles la culpa de eso? Los jóvenes varones de la clase obrera, de clase media baja, suelen traer de la mano un complejo y a veces inquietante conjunto de problemas propios; los presidentes y los consejeros podrían sostener que dispusieron de una ocasión y que la echaron a perder, e incluso que las familias de clase media -el nuevo público al que se quiere traer al estadio- no sólo se portarán como es debido, sino que además pagarán mucho más para hacerlo. Este argumento tiende a pasar por altos ciertas cuestiones capitales sobre la responsabilidad y la justicia, así como que los clubs de fútbol tengan o no un papel que desempeñar en la comunidad a la que pertenecen. Pero es que aun cuando no se tengan en cuenta estos problemas, a mí me da la impresión de que en todo el razonamiento se esconde un defecto fatal. Parte del placer que se tiene en estadio de fútbol es un mezcla de lo indirecto y lo parasitario, ya que a menos que uno esté en el Fondo Norte, o en el Kop si uno es hincha del Liverpool, o en Stretford End si el equipo de sus amores es el Manchester United (1), confía plenamente en que sean otros los que aporten el ambiente, y el ambiente es uno de los ingredientes clave de la experiencia futbolística. Estos inmensos fondos son tan vitales para los clubs como para los propios jugadores, no sólo porque los ocupantes de los fondos manifiestan sonoramente su apoyo incondicional al equipo, no sólo porque proporcionan al club cuantiosas sumas con cada partido (aunque estos factores no sean ni mucho menos desdeñables), sino sobre todo porque sin su concurso nadie se tomaría la molestia de ir al campo. (…) ¿Quién pagaría por una tribuna si el campo entero estuviese lleno de ejecutivos? El club vende las entradas de tribuna y de palco con la condición de que el ambiente es gratis, por lo cual es lícito pensar que el Fondo Norte ha generado tantos ingresos como cualquiera de los jugadores. ¿Quién se va a ocupar del ruido a partir de ahora? ¿Seguirán yendo al campo los chavales de clase media, con sus padres y sus madres, si son ellos los que tienen que generar el ruido y el ambiente? ¿No tendrán la sensación de que les han timado? Efectivamente, así las cosas el club les habrá vendido entradas para un espectáculo cuyo mayor atractivo ha sido eliminado precisamente para dejarles sitio a ellos”.
El tercer párrafo a señalar, es de cuando el autor habla del placer de ser un hincha:
“Hay una cosa que tengo por segura en esto de ser un hincha: no se trata de un placer indirecto, a pesar de que todo parezca indicar lo contrario. Los que digan que prefieren jugar, en vez de ir a ver un partido, yerran por completo. El fútbol es un contexto en el que ver se convierte en hacer, y no en el sentido aeróbico del término, ya que ver un partido, fumar como un descosido mientras dura el encuentro, beber después del partido, comer patatas fritas en el camino de vuelta a casa, seguramente son actividades que no te harán ningún bien, como se supone que si lo hace el corretear de un lado a otro del campo. Pero cuando se da un triunfo de uno u otro tipo, el placer no irradia de los jugadores a los hinchas, no llega de forma pálida y aminorada hasta los que estamos al final de las gradas; nuestra diversión no es una variante aguada de la diversión del equipo, por más que sean los jugadores los que marcan los goles (…) Cuando se produce una derrota desastrosa, la tristeza que se apodera de nosotros es, en efecto, una forma de autocompasión. Todo el que aspire a comprender de qué manera se consume el fútbol tiene que entender esto antes que ninguna otra cosa. Los jugadores no son más que nuestros representantes, elegidos por el entrenador y no designados por nosotros, a pesar de lo cual siguen siendo nuestros representantes (…) Soy parte del club tal y como el club es parte de mí, y lo digo a sabiendas de que el club me explota, de que no tiene en cuenta mi punto de vista, de que a veces me trata como a un cero a la izquierda, de manera que mi sentimiento de conexión orgánica con el club no tiene nada que ver con la tozudez, la confusión y otros malentendidos sentimentales en torno al funcionamiento del fútbol profesional. Aquel triunfo en Wembley (Copa de la liga 86/87) me perteneció a mí tanto como a Charlie Nicholas (jugador) o a George Graham (entrenador), y me lo trabajé tan a fondo como ellos. La única diferencia que hay entre ellos y yo estriba en que yo he invertido más horas, más años, más décadas que ellos, y por eso comprendo mejor qué sucedió aquella tarde. Por eso aprecio con más dulzura por qué sigue brillando el sol cada vez que lo recuerdo”.
Y el cuarto y último párrafo que quiero destacar, es uno que me viene realmente bien, pues, como en todo tipo de adicción, y el fútbol está claro que lo es, siempre es bueno ver que hay otros que están mucho más enganchados que tú, lo que, sin duda alguna, le sirve a uno para aliviar en parte, sólo en parte, el remordimiento de culpa por las muchas tonterías cometidas a lo largo de los años por este vicio:
En resumen, creo que es un libro ameno, divertido y que, pese a los años que hace que se escribió, sigue plenamente vigente y es más que recomendable para todos los amantes del fútbol. En especial, para aquellos que pensamos y sentimos que el fútbol, y más que el fútbol nuestro equipo, no son sólo los 90 minutos que dura un partido, sino que es algo que va más allá. Mucho más allá.




